Había una vez un par de cables que sólo servían para transportar energía eléctrica o para que los pájaros se pudieran posar en ellos a existir y picotear el tiempo. Y así pasaban sus días, negros, gruesos y apretados el uno contra el otro, cruzando la calle en perpetua diagonal de poste a poste, en lo alto de una esquina del barrio Sevilla de Medellín.

Hasta que el fútbol les cambió la vida. De las casas vecinas salían niños de diez, doce, trece años a azotar balones contra el pavimento de la calle o los costados de la Estación Hospital del tren. Libraban batallas de seis contra seis, o siete contra ocho, que algunos días de vacaciones llegaban a extenderse hasta más allá de la media noche

Y de tanto azotar la calle a golpe de puntazos y gambetas, la guerra iba dejando sus heridos. Zapatos de suela bien labrada iban quedando reducidos a despojos de boca hambrienta y caras inferiores convertidas en superficies parejas y sin el más mínimo agarre. Tennis “pisa huevos” y zapatillas para cabalgar patinetas o driblar en canchas de baloncesto, iban siendo doblegadas, perforadas, desteñidas, rasgadas de tajo.

Sin embargo, no fue el basurero su destino, ni los pies ansiosos de algún callejero descalzo. Porque alguien tuvo el tino de despedirlos con grandeza, y hacerles un homenaje digno de sus servicios prestados. Ató entonces los cordones de un zapato al otro, y así, como boleadoras con la lengua al viento, los arrojó con destreza por los aires en dirección a los cables de la luz, y logró colgar el primer par de una larga saga de zapatos colgados en los cables que sobrevuelan la esquina de las calles 67 a con carrera 51 A.

Hoy, quien decida alzar la vista por esos rumbos en dirección al cielo verá, posados entre él y las nubes, los zapatos verdes y destrozados en la punta, de Enzo Ibrahím Andrés, un delantero goleador. Los negros de Borrego, gran arquero, con un hueco en el meñique. Los botines blancos de Mateo, trompetista y volante diestro, hechos polvo. Los de Juan Diego, guitarrista eléctrico, que aún parecieran dignos de otros meses sobre el suelo. Los grisesplateados y con la suela colgando de un hilillo, de Christian, delantero y habilitador certero. O un par con un pequeño hueco en una de sus suelas, por el que pasa el cordón que atado a un ojal de su gemelo les permite permanecer colgados.

Parejas de pájaros pendiendo bocabajo, casi. Y hoy son ocho. Pero han llegado a ser quince, “veinte”. Porque a veces alguien decide descolgar un par como si fueran mangos, arrojándoles objetos contundentes. O colgar uno nuevo. Como Daniel Federico Alzate Bastidas, un clarinetista y cuidapalos de 11 años, al que muchos llaman “Papeleta”, otros tantos “Kiko”, y un solo amigo “Vick Corion”, cuyos tennis marca Fischer Shore ya se descosen, se rasgan, se vencen… buscan la ruta del cielo, estación cableado eléctrico.

Medellín, diciembre 12, Juan Miguel.

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