Hace muchos años, en un gigantesco lote abandonado del centro de Medellín construyeron un parque y varios edificios, y hubo una pequeña porción de terreno, sobre la carrera Palacé, a la que le correspondió como número en su fachada el 44 raya 90. Quedó un poco alejada de las edificaciones más grandes del parque, al que bautizaron “San Antonio”, y allí ubicaron el taller de mantenimiento de las máquinas y herramientas de una empresa pública a la que todos conocen como la EDÚ, porque su nombre largo es Empresa de Desarrollo Urbano.

Durante los años siguientes, ese pequeño taller conservó arriba de su puerta aquellos números que le tocaron en suerte, separados en parejas por un guión. Todo transcurría normalmente, los números cumplían su objetivo de guiar a las personas que se dirigían al taller y la correspondencia llegaba sin tropiezos a su destinatario: facturas, peticiones, memorandos, boletines e incluso tarjetas de navidad y felicitación.

Pero un día, hace varios meses, los números ya no estaban. Sólo se insinuaba la sombra de mugre que dejaron, como recordaría una de las empleadas del taller, señalando la parte superior de la fachada. Allí quedaban tres tornillos sin cabeza y siete agujeros, como señal de que un día los números habían estado atornillados al muro.

Desde entonces, los mensajeros se perdían y la correspondencia era entregada en otro edificio de nombre parecido: “el edificio principal de la EDÚ”. Una mujer llamada Flor Edith, que trabaja como recepcionista en esa empresa, sospecha que los responsables del daño fueron las personas que transitan por el parque. “Se roban todo”, decía desde su silla, mirando a través del ventanal a los hombres y mujeres que ocupaban las bancas del parque. Que los cables de teléfono, que las barras de la puerta, que las tapas de los contadores… Que cada mañana a la entrada de su oficina le faltaba algo.

Un hombre, de nombre Luis Felipe y cuyo trabajo era el de Jefe de Mantenimiento, no le prestaba mucha atención al asunto. Simplemente, un día levantó la vista y se preguntó a sí mismo de qué material habrían estado hechos esos números. “De cobre”, se contestó a sí mismo. “Y por eso se los robaron”: para venderlos, pues el cobre es un material apreciado por muchos. Y los números troquelados de la fachada del taller, como coincidieron todos, eran muy fáciles de coger: arriba del local hay una pequeña terraza desde la que con sólo estirar las manos se podían tocar o desprender, con cuidado y la herramienta necesaria.

Entonces los funcionarios decidieron tomar una medida: dibujar los números con pintura negra. Ya no más numeritos acuñados, ni brillantes, ni con relieve. En adelante estarían pintados, y sólo podría robárselos la lluvia después de muchos inviernos, o el hollín después de mucha suciedad en el aire.

Ahora, mientras llega con su escalera el hombre al que le encargaron la labor de dibujar los dos números 4, un guión, un 9 y un 0, nadie sabe con certeza a dónde fueron a parar los viejos dígitos de molde, en manos de qué fundidor de metales estarán, o si ya pasaron a mejor vida convertidos en tornillos, bisagras o cualquier otra pieza de cobre.

Medellín, septiembre de 2010. GloriaE.